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La realidad se esconde en la inocencia. Es lo inefable. La ciudad se despliega entre casuchas y calles sucias.
Las construcciones ulceran como lepra cianótica que deja su lividez. Algo se devora. Tal vez aquel fervor místico que impartía su fuerza a una naturaleza que rescataba su propia naturaleza.
La ciudad se enturbia y es incapaz de recobrar su perdida coloración. Todo se va. La entraña. También ella está condenada a perecer.
Extiendo sobre los muros una mirada exploradora.
Las dos ciudades se definen. La de los tugurios, la de los bares, la de los prostíbulos baratos. Y la otra. La fastuosa, la de los palacios. Los mármoles, los cristales, los bronces, las finas maderas. La de las luces y la flora.
Ambas se distancian y reúnen cuando el sol hunde su disco de fuego en un mar turquesa. La atmósfera es sensual y promisoria.
La vida nos deja innumerables minutos de contemplación que querrían ser eternos ante lo que se crea y construye, ante las metamorfosis que se encuentran en cada minuto. Esta es una de ellas. Viene el descanso.
Se abre la luz tras el muro que parecia infranqueable. La vida es dura pero apasionante, toda una carrera de obstaculos, llena de compensaciones...
Felicidades Almudena.